Automóvil Clásico de Euskadi

MERCEDES BENZ 280 SL “Pagoda”

MERCEDES BENZ 280 SL “Pagoda”

En el Salón del Automóvil de Ginebra celebrado a principios de 1963, Mercedes presentó al público un nuevo modelo que despertó la curiosidad de todos los visitantes. Uno de sus rasgos más característicos se encontraba en el inconfundible techo duro de este coupé descapotable, que por sus formas podía recordar a los templos orientales y que muy pronto la gente bautizó con el nombre de Pagoda. Pero, además, el atractivo vehículo suponía un nuevo concepto de automóvil, pues integraba cualidades hasta el momento irreconciliables en un único coche. El Mercedes 230 SL era un roadster cómodo, lujoso, con una terminación de gran calidad y una seguridad elevada. En efecto, la capota dura mejoraba en primer lugar el confort y eliminaba los ruidos aerodinámicos, pero, al estar construida con materiales resistentes, tenía otra virtud muy importante.

El Mercedes 230 SL nacía en 1963 y rápidamente se le empezó a conocer con el sobrenombre de Pagoda. Llegaba para sustituir a dos modelos de éxito, el exclusivo 300 SL y el más asequible 190 SL, y se situaba en un escalón intermedio entre ambos. A lo largo de su historia tuvo dos evoluciones, el 250 SL y el 280 SL, que afectaron fundamentalmente a la parte mecánica, sin apenas variar el concepto estético, que se mantuvo con plena vigencia hasta 1971, año en que cesó la producción del Pagoda para dar paso a su sucesor, el 350/450 SL.

A finales de 1966, el 230 dio paso al 250 SL, que —de las tres variantes del Pagoda— fue el que tuvo una vida más corta (un año escaso). El motivo por el que se le retiró tan rápidamente de la línea de montaje hay que buscarlo en su problemático motor, que tenía un consumo exagerado de agua y en pocos kilómetros ésta se mezclaba con el aceite y terminaba con la mecánica. La novedad más relevante que aportó el 250 SL fueron los frenos de disco en el eje trasero.


El 280 SL terminó con la saga de los Pagoda. Al igual que ocurría con el modelo anterior respecto a su antecesor, aumentaba la cilindrada y con ello conseguía una mejor respuesta a regímenes de giro bajos e intermedios, lo que se tradujo en una sensación más agradable para el conductor, que no necesitaba cambiar de marcha con tanta frecuencia.

La potencia llegó a los 170 caballos, una cifra que soportaba sin problemas el excelente chasis, el primero del mundo en vehículos deportivos que tenía —ya desde el 230 SL— zonas de deformación controladas delante y detrás, que mantenían a salvo el habitáculo en caso de golpes fuertes.

 

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